A tale of good COP, bad COP

Con las aguas volviendo a su cauce tras el bombo y platillo de la COP26 de Glasgow, no está muy claro si la última edición de esta cumbre climática debe considerarse un éxito o un fracaso. Por un lado, el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5 ˚C respecto a los niveles preindustriales se ha mantenido con vida, pero por otro, los activistas climáticos expresaron su decepción ante los resultados aparentemente escasos del evento. Greta Thunberg declaró que “incluso consiguieron diluir el bla bla bla, lo cual es todo un logro”1.

Como siempre, la verdad se halla a medio camino entre ambas posiciones: todo el mundo obtuvo solo un poco de lo que quería.

Mayor compromiso con la neutralidad de carbono
Uno de los resultados positivos de la COP26 ha sido que los gobiernos de todo el mundo están comenzando verdaderamente a tomar medidas para combatir el cambio climático y a coordinar sus esfuerzos. En torno a 137 países están ahora comprometidos con el objetivo de cero emisiones, y China, Japón y Corea del Sur añadieron sus nombres a la lista.

Bajo la administración Biden, Estados Unidos ha reforzado sus ambiciones comprometiéndose a recortar sus emisiones en un 52% de aquí a 2030, y durante la propia COP, la India se declaró comprometida a alcanzar la neutralidad de carbono de cara a 2070.

Es cierto que algunos de estos compromisos son muy a largo plazo y que existe una enorme divergencia a nivel de ambición, pero en su conjunto, demuestran el avance realizado. Dicho esto, también es natural sentirse decepcionado: los actuales compromisos nacionales (conocidos como contribuciones determinadas a nivel nacional, o CDN) siguen lejos de alcanzar el objetivo de 1,5 ˚C del Acuerdo de París, con lo que se está instando a los gobiernos a mejorar sus compromisos de cara a la COP del año que viene, en Egipto.

Otro desarrollo positivo, que tuvo lugar a finales del evento, fue el anuncio de una colaboración climática más intensa entre Estados Unidos y China. Esto representa un paso significativo, al tratarse de los dos mayores emisores de dióxido de carbono a nivel mundial: en su conjunto representan más de un 40% de las emisiones anuales2. Esto es especialmente relevante desde un punto de vista de inversión, ya que las relaciones recientemente tensas entre Washington y Pekín han creado incertidumbre y añadido presión adicional en las cadenas de suministro. Por ejemplo, Estados Unidos ha impuesto barreras para restringir la importación de productos de energía solar desde China. Los inversores medioambientales seguirán muy de cerca la situación, atentos a señales de mejora en su colaboración.

Concentración en el capital natural
La cumbre COP26 fue el primero de estos eventos en dar prioridad a la naturaleza como modo de lograr la descarbonización y la desintoxicación, y esto podría marcar un punto de inflexión.

En primer lugar, más de 100 países se comprometieron a dar marcha atrás a la deforestación de aquí a 2030, con signatarios como Canadá, Brasil, Rusia, China, Indonesia, la República Democrática del Congo, Estados Unidos y el Reino Unido, que representan en torno a un 85% de los bosques del planeta. Aunque en el pasado hemos visto que compromisos y medidas pueden ser dos cosas completamente distintas, y que por consiguiente requieren seguirse muy de cerca, este acuerdo ha colocado firmemente la deforestación en la agenda climática.

El segundo logro significativo fue una iniciativa global para frenar las emisiones de metano, liderada por Estados Unidos y Europa. El acuerdo compromete a los firmantes a reducir sus emisiones totales en un 30% de cara a 2030, y especifica que estos recortes deberán lograrse abordando las fugas de metano de infraestructura de combustibles fósiles. Aunque China y Rusia brillan por su ausencia en esta iniciativa, no deja de ser un significativo paso adelante, ya que el metano es más perjudicial para el clima que el carbono.

Por último, también se prestó una atención significativa a la preocupación en torno a los océanos y los ecosistemas marinos, y al papel que pueden jugar como sumideros de carbono. El artículo 21 del acuerdo final de Glasgow pone explícitamente de relieve la importancia de proteger, conservar y restaurar los sistemas marinos, y el impacto que esto podría tener en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

Este mayor reconocimiento del capital natural y del papel que puede jugar en la descarbonización y la desintoxicación del planeta también podría ayudar a dirigir la atención de los inversores hacia áreas que suelen pasarse por alto, como por ejemplo tecnologías agrícolas que tratan de mejorar la calidad del suelo y desplazar el uso de fertilizantes y pesticidas, o empresas que intentan mejorar la salud del océano desarrollando plásticos biodegradables.

Cambios en los créditos de carbono y el carbón
La reformulación de última hora del compromiso previo de reducir gradualmente el uso de carbón al más ambicioso de abandonarlo completamente fue el desarrollo más polémico y se recibió sobre todo con consternación. No obstante, es la primera vez que se mencionan explícitamente los esfuerzos para limitar el uso de combustibles fósiles en estos acuerdos oficiales, y ello debe considerarse como un paso adelante. Está claro que con esto no basta, pero los compromisos de reducir los subsidios del carbón y de los combustibles fósiles deberían verse con buenos ojos, al igual que el compromiso de China de no ampliar su producción de carbón fuera de sus fronteras y de intentar reducir dicha actividad si no implica una reducción de las emisiones de CO2.

Al mismo tiempo, el concepto de un mercado voluntario de créditos de carbono se vio impulsado en Glasgow. Desde la formulación del artículo 6 del Acuerdo de París, los créditos de carbono se han criticado en gran medida debido a la falta de criterios de gestión o estándares unificados. Dicho esto, la COP26 ha presentado un pliego de condiciones acordadas para la negociación de derechos de emisión a nivel internacional, además de establecer un mercado controlado por la ONU que aporta un rigor muy necesario. Es probable que este tema continúe evolucionando en el marco del debate en torno a la contratación de créditos de carbono en distintos países y a la perspectiva de ajustes de las emisiones de carbono en las fronteras, y merece monitorizarse atentamente.

Más que una excusa para escabullirse
Aunque Glasgow no logró materializar el resultado deseado de una ruta clara hacia el objetivo de 1,5 ˚C, sí se logró avanzar. El evento tuvo una visibilidad elevada e hizo que mucha más gente prestara atención, impulsando con ello el cambio positivo y la agenda de conservación medioambiental.

Al mismo tiempo, los resultados de la COP26 brindan respaldo a varios temas de inversión. La transición energética sigue siendo esencial en los objetivos de neutralidad de carbono de los distintos países, y está claro que los inversores deben apoyar a las empresas que proporcionan soluciones de energía limpia. No obstante, la noción de capital natural gozó de una plataforma mucho más amplia, lo cual debería fomentar soluciones medioambientales vitales en torno a los océanos y los sistemas hídricos, el suelo, la alimentación y la silvicultura, así como a las ciudades y edificios sostenibles.

En BNP Paribas Asset Management consideramos importante investigar la totalidad del espectro de oportunidades medioambientales. Nuestro Grupo de Estrategias Medioambientales no solo invierte en activos de infraestructura seguros y a gran escala, como por ejemplo grandes instalaciones fotovoltaicas o de eólica marina, sino que busca asimismo soluciones aún incipientes en términos de tecnología y escala. En su opinión, asignar capital en tecnologías jóvenes y prometedoras podría marcar la diferencia, ayudando a estos negocios a ganar escala y viabilidad comercial con rapidez, y con ello a ejercer un impacto significativo. Esta es la manera en que, junto a nuestros clientes, podemos formar realmente parte de la solución.

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