Devolviendo el valor a la cadena alimentaria

La mayoría de nosotros tenemos la suerte de dar por sentada la comida que llega cada día a nuestras mesas. No obstante, el pánico reinante en los supermercados al estallar la pandemia nos obligó a reconocer que la cadena de suministro alimentario tal vez no sea tan estable como pensábamos. De hecho, la evolución de los patrones demográficos a nivel mundial, el cambio climático, los problemas medioambientales y la necesidad de minimizar el desperdicio alimentario están ejerciendo una enorme presión sobre dicha cadena. Esta situación no es sostenible.
Afortunadamente, gobiernos, científicos, empresarios e inversores están comenzando a considerar formas de innovar y mejorar la cadena de suministro alimentaria. Dicho esto, el tiempo apremia y es necesario actuar con rapidez para asegurar que podemos afrontar la próxima insuficiencia de abastecimiento.
Una población creciente requiere tanto volumen como calidad
La demanda alimentaria está creciendo con rapidez, reflejo del aumento de la población del planeta. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) prevé que la población mundial crecerá de los actuales 8000 millones de personas a 10000 millones en 2050. Esto supone un fuerte aumento del número de bocas que alimentar.
Además, el tipo de comida que consumimos está cambiando. La migración del campo a la ciudad se está acelerando, sobre todo en el universo emergente, y se anticipa que más de dos tercios de la población mundial vivirán en áreas urbanas dentro de 30 años. Muchos de estos nuevos urbanitas ven aumentar su renta, con lo que consumen alimentos de mayor calidad, como carne y lácteos.
Al mismo tiempo, el interés mundial en hábitos alimentarios saludables también es un motor de cambio. La ONU estima que el número de personas clasificadas como obesas supera actualmente al de personas crónicamente desnutridas. Esto significa que el desafío no solo consiste en poner fin al hambre, sino también en combatir la obesidad. La industria alimentaria se ha volcado a esta tendencia, y el sector de salud y bienestar tiene actualmente un valor de casi 769.000 millones de dólares1.
¿Haciendo la vista gorda hacia el medioambiente?
La necesidad de cumplir los compromisos medioambientales y de cambio climático es otro factor que impulsa la transformación de la producción alimentaria. Gobiernos de todo el mundo han adoptado iniciativas para mejorar la eficiencia medioambiental.
Según la ONU, la producción alimentaria representa un 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), generadas a lo largo de la cadena de suministro: el ganado y la pesca, la agricultura y el uso de tierras son contribuyentes clave. Un aspecto sorprendente es que las emisiones del transporte constituyen un porcentaje relativamente pequeño, pero todas ellas podrían reducirse mediante formas de producción más inteligentes y eficientes.
Pese a ser similar a la de industrias con huellas de carbono elevadas como la energía y la aviación, la culpabilidad de la producción alimentaria ha pasado un tanto desapercibida. En cierta medida, esto puede atribuirse al hecho de que los consumidores gozan de acceso a una amplia gama de alimentos durante todo el año. Sin embargo, los millennials están comenzando a adoptar un enfoque más consciente de la procedencia de su comida y de cómo se ha producido. Esto ha conducido a un aumento significativo del veganismo y del flexivegetarianismo, e influye en las decisiones de gasto (estimadas en torno a los 40.000 millones de dólares anuales2), lo cual está obligando a la industria a adaptarse.
El cambio climático también está alterando las capacidades de producción de alimentos naturales del planeta, afectando al rendimiento de los cultivos, al suelo y a la calidad de los productos. Se anticipa que el aumento de las temperaturas desviará la producción alimentaria desde los países cercanos al ecuador y hacia aquellos más cercanos a los polos. Esto podría suponer un giro radical desde importantes productores agrícolas como Brasil, Australia y el Medio Oeste de los Estados Unidos hacia países como China, Canadá y Rusia.
La producción agrícola también ha sido un gran contribuyente a la deforestación: por ejemplo, estudios sugieren que la demanda creciente de soja (en su mayor parte para pienso y no para sustitutos de carne) ha hecho que la región brasileña de Cerrado haya perdido la mitad de su vegetación natural a expensas de plantaciones de soja3.
Todos estos son retos que requieren una solución viable.
A quien no malgasta, nada le falta
El despilfarro alimentario es el último obstáculo para el establecimiento de una cadena de producción alimentaria adaptada a nuestras necesidades cambiantes. La ONU estima que un tercio de los alimentos producidos se desperdicia y representa un 8% de las emisiones de GEI4. Esto no puede ignorarse: si queremos abordar los problemas en torno a la escasez de alimentos, este despilfarro innecesario debe abordarse.
Como siempre, existe una brecha entre el mundo en vías de desarrollo y el desarrollado. En el primero, el despilfarro obedece eminentemente a la producción y el transporte, mientras que en el segundo es más prevalente en el consumo, tanto de minoristas como de consumidores.
La ONU se ha propuesto reducir a la mitad el desperdicio alimentario en el plazo de diez años como uno de sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Tales iniciativas son cruciales para lograr el cambio necesario.
La tecnología, a la altura del desafío
Aunque la lista de retos parece insuperable, la ONU y gobiernos de todo el mundo están lanzando iniciativas para abordar estos cambios. El mundo de la industria y la inversión también están participando, innovando y desarrollando nuevas tecnologías para proporcionar soluciones.
El ámbito agrícola se está transformando con el uso de robots y drones para elevar la eficiencia, técnicas bioquímicas para mejorar los rendimientos de cultivo y granjas verticales para proporcionar a las comunidades urbanas alimentos producidos localmente.
Las iniciativas de prevención del desperdicio alimentario están ayudando a sectores como el de la hostelería a replantearse su gasto en comida, mientras que las empresas biotecnológicas están intentando desarrollar protección de origen vegetal para extender el periodo de conservación de los productos perecederos. Los mercados secundarios están vendiendo alimentos que de otro modo se tirarían, y existen iniciativas para crear valor de alimentos desechados, como el uso de pan no vendido para elaborar cerveza.
Por lo que respecta al transporte, se están utilizando termostatos inteligentes para monitorizar mejor las temperaturas de almacenamiento en tránsito, así como tecnología blockchain para el seguimiento de productos, mejorar su trazabilidad y proporcionar la autenticidad que buscan cada vez más los consumidores.
Muchas de estas iniciativas existentes se hallan en sus fases iniciales de desarrollo y necesitan inversión a fin de realizar su potencial, pero con un tema tan importante es crucial investigar e identificar a los futuros líderes corporativos que transformarán este segmento.
En BNP Paribas Asset Management creemos que el cambio a mejor ya ha comenzado y estamos buscando a las empresas con un enfoque de producción alimentaria SMaRT (de producción sostenible y transformación responsable, por sus siglas inglesas). Nuestro fondo BNP Paribas SMaRT Food invierte en la revolución agrícola para contribuir a un futuro mejor, identificando oportunidades de inversión a largo plazo en toda la cadena alimentaria, del campo a la mesa.
Si deseas más información, visita nuestra página temas de inversión.
1 Fuente: The Food Revolution, UBS, julio de 2019, citando a KPMG.
2 Fuente: The Food Revolution, UBS, julio de 2019, citando a Deloitte.
3 https://www.climatechangenews.com/2018/06/13/7-surprising-things-carbon-footprint-food/
4 Fuente: The Food Revolution, UBS, julio de 2019, citando a The World Resources Institute.

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